viernes, 1 de noviembre de 2013

Un escritor mexicano

Me senté en la misma mesa que el escritor mexicano. Y si no era esa, era la más cercana. Lo había visto erguirse sobre el respaldo de su silla en el mismo sitio que ahora yo ocupaba. Fue paseando por la madrileña calle Princesa con una amiga paraguaya que visitaba la ciudad. Lo recuerdo perfectamente. Acera izquierda, giro la cabeza a la izquierda, un movimiento natural, la mirada traspasando el cristal sin rumbo concreto, y ahí estaba, el tipo de la carátula de los libros. Era Juan Pivol. Calvo, concentrado, tecleando frenéticamente con unos enormes auriculares que cruzaban su cabeza (¿sería agradable el tacto de los auriculares sobre la piel?). Lo vi e interrumpí bruscamente las palabras de la paraguaya, a la que de vez en cuando llamaba guaraní aunque no lo fuera, haciéndole partícipe de mi hallazgo. Un descubrimiento que por supuesto no la entusiasmó dado que nunca había oído hablar del tal Juan Pivol, escritor mexicano con más de una decena de libros publicados y un éxito notable dada su juventud. 

No recuerdo bien de que hablaba con la guaraní cuando vi a Pivol. Seguramente de los robos, cada vez más frecuentes, que venían cometiendo los clientes de la cadena de ropa en la que ella trabajaba y que le habían obligado a salir corriendo tras un joven sin saber muy bien qué hubiera hecho en caso de que este se hubiera detenido, pero no estoy muy seguro. El caso es que yo, aunque conocía a Juan Pivol por los periódicos, nunca había leído nada suyo, por lo que analizándolo ahora, encuentro la alegría que me despertó verlo a través del cristal de la cafetería, un tanto extraña. Tal vez se debiera al hecho de que fuera escritor y mexicano, dos cosas que siempre he querido ser. De haberme encontrado a alguien con solo una de estas características, no habría reaccionado como lo hice. Posiblemente habría detenido mi mirada un par de segundos más de lo habitual en el escritor o el mexicano, y habría seguido mi camino. Como la mujer que se da cuenta de que el maniquí del escaparate lleva el modelo que compró hace unos días. 

Mi principio de euforia al ver a Juan Pivol se torna aún más sorprendente en tanto que, si ser escritor y mexicano son cualidades que por irracional que parezca, tengo en alta estima, preferencias que achaco a los meses que pasé en México y los libros que desde la infancia he leído, mi atención solo la atraen los escritores mexicanos que ambientan sus obras en México, temática que en la obra de Juan Pivol solo aparece de refilón en un ensayo sobre América Latina que escribió al comienzo de su carrera literaria. En sus otros libros, Pivol hace moverse a sus personajes por el Imperio Astro-Húngaro, las laderas de Mongolia o el ruidoso Tokio.

Y sin embargo me detuve. Paralizado observé el cristal y su rostro transmitía el placer de estar en plena orgía creativa, se podían sentir las ideas bullendo de la cabeza al teclado con la música retumbando en sus oídos. ¿Sería música clásica? ¿Electrónica? ¿Saldrían diferentes los personajes de los libros que escribe acompañado de auriculares en caso de que a sus oídos llegara Wagner o David Guetta? Nunca lo sabremos.

Mitómano como soy, entré en el local y me acerqué a él mientras negaba con la cabeza al camarero que me ofrecía una mesa en el café. “¿Es usted Juan Pivol verdad?” le pregunté conociendo la respuesta. Se quitó los auriculares, me miró, y con cara de no entender lo que le pedía, me hizo repetirle la pregunta. “Sí, sí soy yo”, me dijo mientras apretaba la mano que le ofrecía y daba dos besos a la guaraní que no lo era. En caso de haber leído algún libro suyo, me habría bastado referirme al libro en cuestión, pero mientras fingíamos una sonrisa para la fotografía, no tenía nada que decirle sobre sus libros, que como digo, habían tenido un éxito de ventas bastante decente. Para cubrir esta laguna le dije “me gusta Roberto Bolaño”. Me sonaba que él había escrito algún artículo sobre el escritor chileno Roberto Bolaño, incluso que había hablado en alguna conferencia sobre él. “¿Conociste a Roberto Bolaño?”, me contestó entendiendo mal mi pregunta, y tal vez con un punto de esperanza de escuchar de mi boca algún detalle o anécdota desconocida sobre su vida. Le saqué de su error, me despedí de él y salí del local mirando de reojo como volvía a enfundarse los auriculares.

La guaraní parecía contenta. Para ella habíamos estado saludando a un famoso aunque oyera por primera vez su nombre hacía dos minutos. Al salir del local, permanecí unos minutos en silencio oyendo su voz ligeramente entusiasmada mezclarse con los vehículos de la calle Princesa, una abstracción que duró hasta bien pasados los cines Renoir y que tal vez todavía hoy dure. ¿Habré cambiado con mi interrupción alguna de las palabras que Pivol usa en los fragmentos del libro que nacieron aquel día en la cafetería de Princesa?, me preguntaba una y otra vez. De ser así, podría considerarme en parte escritor, porque he cambiado el orden de las palabras de un libro publicado al cortar el río que fluía de los dedos de su autor con la violencia de un torrente de agua, ahogando a su paso dudas como si todo lo que escribiera, cada punto, cada coma, fuera necesaria y retroceder resultara impensable. De ser cierta mi hipótesis, puedo haber cambiado el párrafo a miles de lectores desde Madrid a México DF. 

Entré en la estación de metro de Moncloa, me despedí de la guaraní e imaginé a alguien, en el futuro, en los meses o años que tardaría en salir ese libro aún en fase de gestación, leyéndolo con la avidez de los lectores que devoran páginas. Alguien que sale del metro y por querer acabar la página sigue leyendo mientras cruza el torno de seguridad y sube las escaleras para llegar a la superficie. Que quiere acabar el párrafo que por mi interrupción se ha alargado y se despista al cruzar la calle mientras un camión la deja tumbada sobre el asfalto con las páginas revoloteando y mi párrafo manchado de sangre.

Siento un segundo de vértigo y dejo de divagar. No puedo evitar las muertes del futuro. A lo mejor he acortado el párrafo y ese camión no ha aplastado a la ávida lectora. Tal vez la salvé. Quizá ese libro nunca llegue a publicarse. Puede que la editorial suprimiera ese párrafo. Y de todos modos, a quién le importa un párrafo. Ya no hay muchos lectores que salgan a la superficie leyendo. Ya no hay muchos lectores.


Semanas o meses después, ya no lo recuerdo, me senté en la misma mesa que el escritor mexicano, y sin auriculares ni calvicie empecé a teclear buscando que las palabras también fueran mis aliadas, que también ellas me permitieran crear magia mezclándolas y de paso me sacaran de la odiosa oficina. Conecté el enchufe del portátil y miré a través del cristal hacia la calle. La gente pasaba hablando y algunas miradas se cruzaban con la mía. Seguí yendo a esa misma mesa muchas tardes. Nunca nadie vino a decirme que le gustaba Roberto Bolaño. 

sábado, 2 de febrero de 2013

¿Cómo serán?


Te interrogas mientras oyes sus respiraciones pausadas mezclarse con el aire de la habitación. La cuna llena de peluches, la cama del espacio libre que bajo sus minúsculos piececillos su pequeño cuerpo irá cubriendo con el paso de los años.

¿Lo estaré haciendo bien? Te preguntas, y al despertar les sirves el desayuno, lavas los platos, y limpias sus mofletes manchados de chocolate mientras les oyes hablar ilusionados de esos personajes de dibujos animados a los que ya conoces por sus nombres y reconoces por sus voces sin necesidad de mirar la pantalla. Te lo preguntas a menudo, y cada día el plato de comer de su mesa proviene de las horas que has dedicado a hacer crecer el negocio de otra, de las largas conversaciones que has mantenido para contentar a tus clientes, de las mañanas en las que te has enfrentado al indomable viento invernal, todavía de noche, para llegar a tu silla a mirar una pantalla y responder al teléfono mientras el frío penetra en tus huesos.

¿Soy una buena madre? Te cuestionas, y cada tarde revisas sus deberes, corriges sus errores y no hay día que no aprendan algo nuevo salido de tus labios. Te miran con la admiración del que cree tener ante sí una gigante capaz de resolver cualquier duda, poseedora de todo el conocimiento universal. Por eso te preguntan, ante tu sorpresa por semejante ocurrencia salida de tan joven cabecita, por qué las nubes son blancas, por qué los perros ladran y dónde vive Dios.

Tienes dudas y te entristece pensar en los libros que no has conseguido que lean, en los juegos educativos en los que no has logrado que participen, pero cada noche, cuando el cuento se abre y dragones y piratas se despliegan ante sus ojos, el brillo en ellos es el color de las ilusiones, y mientras uno lee, pronunciando lentamente, casi sílaba a sílaba, su hermanito, aún incapaz de descifrar esos extraños códigos llamados letras, toca las imágenes con sus manos atraído por los mundos de fantasía que se muestran ante sí.

Y tú, que en la soledad de tu cama vuelves a dudar de tu capacidad como madre cuando el silencio invade la ciudad, durante ese día has viajado con ellos a tu infancia de animaciones que hablan, has luchado por no gritar cuando rechazaron la comida que con tanto mimo preparaste para ellos, has tomado el metro para ir a ganarte su educación, su comida, sus juguetes, sus sueños, y has curado la herida que se hicieron en el parque, donde también calmaste su llanto entre tus brazos.

Y sin embargo, al final de cada día, con la cabeza apoyada en tu almohada, la pregunta no para de rondarte en forma de eterna e inevitable preocupación. ¿Soy una buena madre? 

Lo eres.

sábado, 12 de enero de 2013

Escribiéndote desnuda



No hay humo. No fumamos. La habitación está a oscuras y tú ocupas la cama tumbada boca abajo. Desnuda. Tu respiración ya casi ha recuperado su ritmo normal, y tus ojos cerrados me dicen que estás en algún punto de la frontera entre la realidad y el sueño. Mi sudor y el tuyo están en tu piel mezclados, brillas y el cabello te cae ocultándote la nuca y extendiéndose sobre tu espalda. La sábana solo te cubre la pierna izquierda hasta el tobillo. Estiras la mano y no me encuentras. Por unos segundos no comprendes por qué no alcanzas a tocarme, por qué hay un vacío a tu derecha. Entonces te colocas tumbada de lado dejándome a la vista un pequeño cerco sombreado en la sábana y sin abrir los ojos lanzas al aire un "¿dónde estás?" desprovisto de fuerza, similar al del niño que llama a su madre en mitad de la noche. 

Sin defensas, sin bravura, entregada a mí con la ternura que el orgasmo y el cansancio físico han dejado en ti, me llamas de nuevo esperando mi respuesta, probablemente aguardando una voz lejana contestando con un “fui al baño” o un “fui por agua”, aunque pensándolo bien el agua nunca falta. Una jarra y dos vasos aparecen una y otra vez en tu mesita de noche cuando intuyes que puede pasar. 

Pero esta vez no, esta vez estoy frente a ti, mirándote, sentado en la mesa de tu habitación con un bolígrafo en la mano. Elijo no responderte y por fin abres los ojos y me miras extrañada. "¿Qué haces ahí?”, me dices con una media sonrisa juguetona, sorprendida de verme sentado a tu mesa solo cubierto por el bóxer que recogí del suelo. “Escribiéndote desnuda”, te digo, y tu extrañeza crece por instantes “¿Cómo?”. “Con palabras”. No lo asimilas y te me quedas mirando con curiosidad unos segundos buscando el juego oculto, el detalle que aporte luz a mi actitud. “Me escribes desnuda… ¿no me estarás dibujando?” “No. No te estoy dibujando”, respondo, el arte de crear imágenes sobre el papel nunca fue lo mío. Mis paisajes y retratos nacen con mayúscula y acaban en punto. Mis bocetos tienen párrafos.
“Te escribo”. Me escuchas y te quedas en silencio. Empiezas a comprenderme aunque en tu archivo mental las cosas no cuadren. No has visto en ninguna película que una modelo pose para un escritor, ni siquiera para un novio aficionado a escribir. 

Vuelves al silencio dejando caer tu cabeza sobre la almohada. Tu cuerpo es blanco y negro por la luz lunar que se cuela por la persiana. “Que cosas te inventas”, me dices con resignada incomprensión. Yo sigo llenando líneas con la descripción de tu cuerpo, detallando los rasgos de tu rostro, la posición de tus piernas, la fragilidad que desprendes desde tu escasa estatura, desde esos minúsculos pies que sustentan tu cuerpo. “¿Y tengo que hacer algo?”, me dices, dispuesta, con interés renovado, a participar de mi raro capricho y serme útil en mi extravagante propósito. 

“Nada”, te contesto sin apenas alzar la voz. Me haces caso y te quedas tumbada desnuda mientras te observo y te escribo. Por momentos pareces dormida y te estudio inmóvil, preguntándome como unos pocos lunares en tu espalda pueden tener ese poder erótico. Lo escribo. Pasados unos minutos entreabres los ojos y me miras con curiosidad. “¿De dónde sales?”, me espetas a modo de divertido reproche dándome a entender que te encanta que no sea normal, que haga cosas diferentes. 

Para ti es un excéntrico juego y para mi va más allá. Es el reto de plasmar la divinidad del cuerpo femenino. La belleza de perfecciones e imperfecciones, es un diálogo conmigo mismo que me ayuda a liberarme soltando sobre el papel el efecto que la quietud de tu cuerpo desnudo sobre las sábanas me produce. Me extiendo más de la cuenta frente al papel y el juego se te hace aburrido. Te duermes. El sudor ya se ha secado y la tinta moja el papel frenéticamente con adjetivos que hablan de ti. De tu cuerpo en blanco y negro. El silencio de la madrugada es abrumador, la llamada de tu piel empieza a tentarme de nuevo. Dejo el bolígrafo sobre las palabras que hablan de ti y me incorporo a la cama tumbándome a tu lado. 

“Te escribí desnuda”, te susurro despertándote. “Estás loco”, me respondes entre risas.

sábado, 20 de octubre de 2012

El Becario


Horas de biblioteca, leer, subrayar, cabezadas, soltar lo aprendido la noche antes, olvidarlo, volver a aprender. La Universidad daba una tregua. El verano. Pongo en práctica lo aprendido. Todos ‘vacacionan’, yo hago prácticas. No me hacen traer cafés ni fotocopiar, me dejan escribir noticias de menor relevancia observando con desconfianza mis primeros textos. Los últimos ya no los miran. La feria gastronómica, el programa de conciertos, los hábitos lectores en la playa, y hasta algún simulacro de rescate en alta mar con cuaderno y el bolígrafo acompañándome en una embarcación bajo las hélices del helicóptero. Apacibles veranos de costa cuando aún éramos ricos.

Los rayos de sol se apagan, las hojas caen, paso las hojas, memorizo, retengo, lo escupo sobre el papel, a veces aprendo, las menos, con la brillantez de algún profesor que deja a un lado la rigidez del programa para hablar de escritura, de contar historias, de periodismo. Estudio para aprobar, apruebo sin destacar, y hace calor de nuevo. Se acuerdan de mí, vuelvo a ser el becario, más seguro, conociendo el terreno, oyendo la familiar risa del compañero que habla con el político que conoce de hace años, las bromas que a veces rompen los largos silencios tecleados de la redacción de cuatro personas en la que a veces irrumpe algún fotógrafo a descargar su material con alguna queja en los labios.
Los viernes por la tarde nos regalamos un ron cola que ocupa su lugar junto al ordenador, el estuche lleno de bolígrafos y el cuaderno abierto por una página donde se lee algo escrito con prisa que solo su autor comprende.

El líquido desciende mientras se acaban los artículos sobre nuevos planes de urbanismo municipales. Los últimos resquicios de las redacciones de otro tiempo, ya solo se fuma en el balcón que da a la céntrica calle.
Un nuevo adiós con alguna palabra cálida llega. El fin de los libros también. Soy periodista. Un e-mail en el correo. Necesitamos un becario. Vuelvo. Pocas cosas han cambiado. Siguen dando 250 euros al mes y el alcalde promete nuevas obras y oleadas de turistas dispuestos a gastar. Cash. Miento. Hay algunos cambios. Piso menos la playa y más las oficinas del Servicio Andaluz de Empleo. Testimonios de la crisis. Cabreo y lágrimas expresados en palabras para dar voz a las víctimas de la crisis. En los auriculares vuelvo a escucharles sentado en la redacción, transcribo su dolor y le doy forma. Le preparo el plato al lector con datos, nombres propios y lamentos.

La beca acaba allí. Otro joven recién salido del horno académico ocupa mi lugar, despedida cargada de paternalismo, buenos deseos y un punto de compasión. Paso por otras redacciones. Escribo sobre comida afrodisiaca y me lo publican traducido a cinco idiomas. El sexo vende. Listas de noticias más leídas. A veces encuentro la historia, y entonces me abandono y mis dedos tienen línea directa con mi mente. A final de mes no supero los 500 euros. Nunca.

Otras redacciones similares me reciben en otros países donde el reloj marca la misma y diferente hora. Donde la noche cubre el cielo cuando el sol aparece donde nací. Allí descubro historias soñadas convenientemente cercenadas por el editor que las recorta por falta de espacio o decisión propia.
Los periódicos no son rentables, dicen. La publicidad no llega. En Internet están gratis. Me paso al otro lado. El pueblo ya no es mi clientela, lo son las empresas. Decirles cómo comunicar. Nuevas presentaciones, nuevas caras, y cifras similares en la cuenta a fin de mes. Vuelta a madrugar, llego a casa cansado, me duermo. Estoy tumbado en una cama, la piel arrugada, los huesos cansados, la vista borrosa. Un hombre vestido con pulcra ropa oscura me mira sonriente y extiende su mano. “Queremos hacerte un contrato”. Sonrío. Le estrecho la mano trabajosamente y al mirarlo con mayor atención observo bien su vestimenta. Es un sacerdote. Trato de apartar mis dedos pero me tiene sujeto con fuerza. “Ya está en la nómina de Dios”, afirma sonriente mostrando una dentadura imperfecta plagada de piezas de metal. Pierdo el sentido. Muero. Despierto. Pongo en práctica lo aprendido. Unos ‘vacacionan’. Yo hago prácticas.

domingo, 8 de julio de 2012

El fierro tartamudo (I)

Con dos leves y rápidos movimientos del dedo índice dio por terminado el trabajo. Dejó reposar la cámara fotográfica sobre su hombro izquierdo, encendió un cigarrillo, y se alejó de la escena del crimen a paso lento dejando a su espalda las luces de un par de vehículos de la Policía Federal, que seguía recabando indicios sobre lo sucedido.

- Un puto menos en el mundo. Murmuró Darío antes de dar la última calada.  

El muerto, ya camino del tanatorio, era un viejo conocido de la policía, y dado que su rostro no estaba excesivamente desfigurado, fue rápidamente identificado como el ‘chino’ Narváez, sobrenombre que le había impuesto un compañero de instituto debido a que sus ojos se rasgaban cuando reía.  

Esa noche, antes de que lo acribillaran a balazos, Narváez festejaba su cumpleaños con unos tequilas en la cantina ‘La Guadalupana’ cuando le preguntaron sobre el origen de su apodo.

- Ni me acuerdo güey, pero fíjate cabrón que ni sabía disparar cuándo me lo pusieron –dijo soltando una escandalosa carcajada- así que debe tener su tiempo, yo digo, pero no te sé decir los años. Contaba el ‘chino’ mostrando su imperfecta dentadura y rasgando los ojos hasta convertirlos en dos rayas horizontales.  

En los últimos meses no era habitual verle reír, ni siquiera sonreír,  pero esa noche había dejado a un lado su habitual actitud tensa y vigilante, esa que le había salvado la vida no pocas veces cuando para no irse al otro barrio antes de tiempo había que ser el más rápido apretando el gatillo o decir este suelo no es mi tumba y salir por piernas. Aquella noche incluso había dejado de mover la pierna derecha con insistencia, una manía que irritaba sobremanera al ‘cuate’ Mendoza.  

El problema se acentuaba cuando jugaban los Pumas, de los que el chino era acérrimo seguidor. Tres meses atrás, durante el partido decisivo del campeonato de liga que enfrentaba a los Pumas con el América, el equipo del ‘cuate’, ambos tuvieron sus más y sus menos mientras la Ramona, chaparrita y nalgona camarera de la Guadalupana, refrescaba el gaznate de la tropa llevando chelas llenas y recogiendo las vacías dejando ver sus pequeñas piernas bajo la minifalda.  

-¡Quieres parar de una pinche vez de agitar esa piernita de puto que Dios te dio!, le gritó por segunda vez el ‘cuate’ exigiendo agresivo mientras miraba al techo cubierto de humo de 'La Guadalupana', con el partido llegando a su recta final con empate sin goles. 

-Ya deja de joder, no la mires y presta atención al juego, al baño que mis pumitas le están dando a esos pendejos que se hacen llamar América. 

Y su pierna derecha siguió, invariablemente, temblando compulsivamente mientras las uñas de sus manos iban desapareciendo entre sus labios. Nada más terminar de oír la frase del ‘chino’, el ‘loco’ Fustera, el ‘manco’ Llorente y el ‘mudo’ Medina, que seguían el partido sin la misma intensidad por ser seguidores del Cruz Azul, se miraron alarmados. Narváez, el más joven de la banda con 29 años, llevaba apenas dos semanas en el grupo, y aunque manejaba bien su parabellum 9 milímetros y había mandado a criar malvas a no pocos hombres, no conocía los arrebatos de furia del ‘cuate’. Todos se miraron expectantes aguardando su reacción y respiraron aliviados cuando  vieron que el ‘cuate’ no entraba al trapo y daba un trago a su chela sin decir nada, siguiendo el juego, si bien al ‘mudo’ Medina le pareció, y así lo dijo al resto con discreción, que el color de su rostro se volvía tantito más rojizo. 

-Ten cuidado con lo que dices ‘chino’ o te van a dar de madrazos hasta mandarte a Pekín de vuelta cabrón, le susurró al oído el ‘mudo’ Medina con la intención de evitar una pelea entre los de la banda. 

-Ya tenemos suficientes enemigos ahí fuera con los que rompernos la madre como para que nos andemos con estas chingaderas también entre nosotros, solía decir el mudo a susurros cuando se armaban problemas entre ellos. 

Pero el ‘chino’ siguió viendo el partido como si nada, y su pierna derecha subía y bajaba cada vez moviéndose más frenéticamente. Era un movimiento automático, que no podía controlar, superior a sus fuerzas, y ello se acrecentaba con los Pumas acosando la portería rival. El ‘cuate’ lo miraba de reojo y apretaba los dientes, luego volvía a mirar la televisión y alzaba la mano sin hablar, lo que bastaba para que la Ramona llegara silenciosa con su cara redonda y sus ojos y cabello negros, a traerle una chela nueva. 

Apenas se dio la vuelta la Ramona cuando los Pumas se preparaban para botar un saque de esquina. La prórroga estaba llegando a su fin y los entrenadores de ambos equipos discutían con sus ayudantes mientras anotaban en una libreta los nombres de los elegidos para lanzar los penaltis. El ‘chino’ gritó “ahí la tenemos”, el ‘cuate’ tragó saliva, y el zurdo Vázquez pateó desde el córner un centro bien bombeado dirigido al segundo palo. Los ojos de la decena de clientes del bar se volvieron saltones y vivaces y contuvieron el aliento mientras el balón sobrevolaba el área. Escobar, defensa americanista, aguardaba el descenso del esférico para despejar de cabeza, pero entonces emergió elevándose en carrera el ‘ratoncito’ Almeida, de apenas metro sesenta, que con un contundente testarazo mandó el balón a la red dando el gol de la victoria a los Pumas.  

El ‘chino’ gritó levantándose con los ojos brillantes de excitación. Su clamor le impidió oír como el ‘cuate’ rompía contra la mesa el botellín de chela y se le acercaba con él en la mano. Saltó y saltó con los brazos en alto y cuando volvió a sentarse para recuperar el aliento, sintió el cristal frío penetrar en su pierna y cayó de la silla gimiendo de dolor. “Se lo había dicho”, susurró el ‘mudo’ al ‘loco’ Fustera mientras el ‘cuate’ recuperaba su asiento impasible sin pronunciar palabra portando en la mano derecha el botellín de chela ensangrentado. 

Ese incidente había dejado en el ‘chino’ una fea cicatriz y una constante desconfianza hacia sus compañeros de banda. En su fuero interno, esperaba poder cobrársela de vuelta al ‘cuate’ en cuanto tuviera oportunidad. Nadie humillaba así al chino, se repetía. 
Pero hoy estaba relajado, era su 30 cumpleaños y quería pasarla a toda madre. Así que cuando le preguntaron sobre el origen de su apodo, el ‘chino’, volvió la vista atrás en sus recuerdos y respondió con esa ocurrencia que encontró divertida. 

-Ni sabía disparar cuándo me lo pusieron, fíjate si hace tiempo, jajaja. 
- Ah, como si ahora supieras pegar tiros pinche chino, ni a un conejo en su madriguera eres capaz de agujerear, le respondió el ‘cuate’ Mendoza mientras su rostro quedaba cubierto por el humo del puro que fumaba. La respuesta hizo estallar en risas al ‘loco’ Fustera, el ‘manco’ Llorente y el ‘mudo’ Medina.

El ‘cuate’ Mendoza era el más veterano del grupo. Presumía de haber participado en balaceras en 31 de los 32 estados mexicanos, “A Quintana Roo no voy a meter plomo, solo voy a asolearme”, decía sonriente. A sus 58 años, era un rara avis en el gremio, pues llegar a su edad era algo que pocas veces sucedía.  

-No puedo decir que la fortuna me haya sido esquiva, Dios me libre, he visto balas perdidas pasar acariciándome los bigotes y hombres caer a mi lado a montones. Con solo que hubieran desviado tantito la muñeca y apretado el gatillo, sería mi tumba la que pintaría mi Rosana, y mi foto la que presidiría la ofrenda, pero no manches, también he pagado mi peaje, tengo en el cuerpo más metal que plata ustedes en el banco, gustaba de repetir el ‘cuate’ cuando alguien le manifestaba sus respetos por haber llegado a tan avanzada edad en un oficio tan desagradecido como el de delincuente organizado. 

-El secreto no es otro que esperar siempre lo peor de aquellos que te rodean. Mirar bien a los lados y no dar la espalda a quien no conoces. Lo primero que me enseñó mi maestro y padre, el ‘sancho’ Mendoza que en paz descanse, es a mear siempre sentado con una mano en la pistola y la otra en la cola, solía decir cuando perdía la cuenta del número de chelas que había bebido, a lo que los otros, con expresión mezcla de admiración y temor, le daban la razón calculando que, llegado el momento, mejor era tener hombro con hombro a un tipo de su fiereza. 

–Sabio consejo sin duda. Gran hombre su padre, respondió en una ocasión uno de los aduladores que haciendo coro asentía mientras oía la historia del ‘cuate’.
-De eso nada, era un ladrón, un sinvergüenza y un pedero infiel que abandonaba cada noche a mi santa madre por irse con sus fulanas.  

-Que poca ma… le dio tiempo a pronunciar a uno de los que le escuchaban atentamente antes de que le cayeran dos plomazos. 

- En mi casa nunca faltó el pan, le soltó el ‘cuate’ mirando al hombre agonizante en el suelo antes de seguir hacia la barra ante el asombro del resto. 

Ese día, los clientes de ‘La Guadalupana aprendieron que solo Mendoza estaba en disposición de mentar la madre a los suyos.

(Continuará...)

lunes, 2 de julio de 2012

La caja mágica de Orlando

El 11 de julio se cumplirán dos años desde que escribí esta historia, y hoy México eligió al presidente que debe cambiar el país para que no se tengan que escribir nunca más.


Álvaro Sánchez
EL MUNDO DE CÓRDOBA

“A mi no me da miedo pero a él sí, cuando llueve se mete en una cajita que tenemos ahí”.
La voz infantil de Eduardo Peralta desvela el escondrijo desde el que Orlando, su hermano pequeño, oye las gotas de lluvia chocar contra el suelo con la inundación del pasado año como vago recuerdo convertido en pesadilla para su frágil memoria de niño de dos años y medio.
Como hermano mayor sus palabras desbordan la ingenua valentía que le dan sus escasos seis años, tiempo en el que la cercanía de su hogar al caudal por donde circula el agua le ha hecho convivir con la fuerza veraniega de un río San Antonio que se torna salvaje e indomable cuando la lluvia lo alimenta haciéndole crecer desproporcionadamente.
Eduardo no se guía por cuadras y avenidas, sus puntos de orientación son arriba, donde están las casas de sus amigos y juega al futbol haciendo rebotar un balón contra una pared, y abajo, donde se encuentra su vivienda, a la que llega empapado y enlodado cuando las nubes arrojan despiadadamente el líquido elemento sin avisar, cuando su barrio se inunda.

“Y luego llegan las gripas”. Aurora Lechuga Silva, abuela de los pequeños, pone la voz de la cordura y el comprensivo reproche. Ejerciendo de abuela y madre por las 10 horas diarias que su hija pasa fuera dedicada a la limpieza de casas para que nada les falte a Eduardo y Orlando, los 30 años que lleva viviendo junto al río San Antonio la convierten en la mejor conocedora de lo que es capaz de hacer, no en vano, la antigua vivienda que habitaba, muy cerca de la actual, fue arrasada por el agua.
Hubo que empezar de nuevo, y su marido, que trabaja de albañil de 6 a 6, se afanó hace siete años en construir la casa que hoy sirve de refugio a los cinco miembros de la familia. “Nos llega para vivir, a lo pobrecito, pero sí”, sostiene Aurora sin perder la sonrisa. El pasado agosto una inundación les hizo desalojar la casa por unas horas y este año, hace tan solo dos días, Protección Civil les visitó para pedirles que se marcharan a un albergue en Colorines. “No queremos irnos porque no podemos llevar todo y podrían robarnos lo poquito que tenemos como ha sucedido en otras inundaciones”, se excusa Aurora.

Entre lo poco que podrían llevarse, dos roperos y la televisión donde Eduardo y Orlando ven las caricaturas de Max Steel y algún partido casual. “Le voy a Los Pumas, me gusta el animalito”, cuenta con tan convincente motivo Eduardo, que acaba de terminar el kínder.
La lluvia da una tregua fuera y el río corre aún lejos de sus niveles más altos. “Me asusta, ahorita no nos ha espantado pero luego sube hasta arriba. Agosto y septiembre son peligrosos”, cuenta Aurora.

La temporada de lluvias apenas da sus primeros pasos y no serán pocas las carreras de Orlando hasta el interior de la ‘mágica’ caja de cartón que le protege de rayos y truenos como si se tratara de un elemento de ficción más de caricaturas televisivas como Max Steel. Puede estar tranquilo, Eduardo, su valiente hermano mayor, no le dejará sólo.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Diálogos con resaca (I)


La habitación no existía. Todo era negrura mezclada con respiración agitada. El olor a alcohol aún perduraba en el inexistente cuarto. Entonces abrió los ojos.

Eleuterio: Joderrrrrrrrrr. Mierda de alcohol, vaya resaca. (Toca el botón de la lámpara y la luz se enciende haciendo existir a la habitación inexistente).
Alertado por el sonoro quejido, aparece en la puerta un joven.

Dámaso: Rata peluda ayer te ahogaste bien eh.
Eleuterio: Te diría que sí, pero no me acuerdo.
Dámaso: Tampoco me acuerdo de cuando nací y sé que ocurrió.
Eleuterio: No me vengas con filosofías baratas a estas horas eh.
Dámaso: Si son las 4 de la tarde chiquillo.
Eleuterio: Vale para cualquier hora del día. Es como el cartel de “hoy no se fía” que tiene colocado el tipo de la tienda. Nunca lo retira. El “a estas horas” es así.
Dámaso: Pues podría poner directamente “no se fía” quitando el hoy ¿no crees?
Eleuterio: No, no lo creo.
Dámaso: Te gusta llevar la contraria.
Eleuterio: No es así.
Dámaso: Decir lo opuesto siempre.
Eleuterio: Totalmente falso. Injuria.
Dámaso: Te gusta discutir, eso es todo. En el fondo no me molesta, combate el aburrimiento.
Eleuterio: No pienso igual. La discusión debe tener siempre un motivo, si no es algo artificial e inútil.
Dámaso: Conversar nunca es inútil.
Eleuterio: Pero tú si lo eres.
Dámaso: El alcohol de ayer te pone más combativo.
Eleuterio: Odio el alcohol.
Dámaso: Odios y más odios. Deberías suprimir esa palabra de tu vocabulario.
Eleuterio: No es una palabra. Es un sentimiento. Y no me hables como un hippie del 68 por favor. No resultas creíble.
Dámaso: Ya. Tú transmites más credibilidad que yo ahí hecho una piltrafa en la cama. Y te recuerdo que los sentimientos se explican con palabras.
Eleuterio: Los sentimientos no se explican. Se sienten y punto.
Dámaso: Siempre fuiste más de sentir que de pensar.
Eleuterio: Siempre fuiste más de pensar que de sentir.
Dámaso: Cuéntame que pasó ayer.
Eleuterio: Ayer son flashes.
Dámaso: Descríbeme las fotos pues.
Eleuterio: Ayer fui rey del mundo por unas horas.
Dámaso: Dulce y efímero trono el del borracho. ¿Y tuviste súbditos?
Eleuterio: Súbdita. Venezolana, 26 años.
Dámaso: Atiza, nunca cambiarás.
Eleuterio: Ya sabes que las españolas nunca me interesaron. Y deja de usar expresiones pasadas de moda. Me irritas.
Dámaso: Lo sé, por eso lo hago. También sé que prefieres la sangre joven llegada de más allá del Atlántico. Conquistar de nuevo lo que fue nuestro y un día perdimos.
Eleuterio: Nunca fue mío.
Dámaso: Tienes razón. Pero si a unos cuantos locos no se les llega a ocurrir eso de subirse a un trozo de madera hace 500 años, ayer no habrías tenido súbditos ni súbditas porque tu inglés es horrible.
Eleuterio: ¿No hablarían una lengua maya, inca o algo de eso?
Dámaso: No. Los gringos habrían arrasado, igual que hicieron con los indios.
Eleuterio: Vaya. Gracias Cristóbal Colón.
Dámaso: Y la venezolana por lo que veo tampoco fue tuya. Has dormido solo.
Eleuterio: Del beso al sexo hay un trecho.
Dámaso: Un pequeño paso diría yo.
Eleuterio: Dices mucho y haces poco.
Dámaso: ¿Me estás llamando perro ladrador?
Eleuterio: Ojalá fueras un perro. Vendrías a lamerme junto a la cama en lugar de darme discursitos a estas horas.
Dámaso: ¡Qué son las 4!
Eleuterio: ¡Qué no me importa!